Biografía

Víctor Alejandro Peinado Martínez nace un frio 23 de febrero de 1989. Su relación con el toro empieza cuando él apenas alcanza a manipular el viejo vídeo donde grababa todas las corridas que veía en la televisión. Tal era su afición que veía la corrida en directo y al acabar ésta rebobinaba la cinta y volvía a verla de nuevo entera.

 

No se le conoce ningún antecedente taurino. De ahí su defensa a ultranza de los toreros que sobreviven en este mundo sin padrinos ni “ventajas” por utilizar un término taurino.

 

Cuando creció un poco, sus padres le regalan una muleta para su comunión. Desde entonces no deja de torear en el amplió patio de la estación, donde imaginaba que estaba en Las Ventas o en La Maestranza. Allí destrozaba los sacos de paja en la carretilla e incluso llegó a tener una placita hecha de pales.

 

Tras su etapa de instituto, donde estuvo algo distante del mundo del toro, llegó a Ciudad Real para cursar sus estudios universitarios y donde se le vuelve a “despertar” (aunque nunca estuvo dormida) la afición. No podía permitirse, como reto personal, el no torear jamás en público, quería entrar en ese grupo de elegidos que alguna vez hace el paseíllo y saborea el miedo, el triunfo o el fracaso.

 

En Ciudad Real se entera que un grupo de toreros y novilleros se reúnen para entrenar. Allí que se planta. Él solo quiere entrenar, aprender y mejorar pero pronto lo arrinconan debido a su figura rechoncha y a su falta de padrino. Descubre así las mafias de las escuelas taurinas llenas de mafiosos descorazonados que para su opinión “son de todo menos toreros”.

Lo único bueno de su paso por esta mafia es que allí coincide con Juan José Hernández, un novillero retirado y actualmente banderillero que también está cansado del trato tan distinto e imparcial que allí se daba. Juntos formas una rebelión exigiendo igualdad en los tentaderos y en los entrenamiento y rápidamente la escuela expulsa a Juan José y Víctor no duda en irse con su compañero y amigo y no volver jamás por aquella oscura y lamentable escuela.

 

Hoy en día lucha cada verano con empresarios y ayuntamientos para poder hacer el paseíllo pero nunca rebajándose como hacen otros novilleros los cuales pagan cantidades que da vergüenza hasta decir para poder torear.

 

Minaya es su feudo. Afición y amigos les esperan cada septiembre como único motivo para ir a una plaza de toros. Él entrena incansable como si tuviera más de 50 contratos pensando en este día.

 

Por delante un invierno de ilusión para su carrera y la de el rejoneador Andrés Jiménez "El Tumba" con el que le une una buena amistad.